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Cartas a la Fundación (I)
Madrid, Noviembre de 2007.

   El atraco:
   Era de noche, hacia  las 22h, yo salía del trabajo. Era un día muy feliz puesto que mis padres acababan de llegar de Francia. Me estaban esperando en casa. Salí del metro, les llamé y me puse el MP3, estaba contenta y despreocupada. Caminaba bastante rápido por una calle por la que solía pasar, cuando, de repente, sentí una presencia a mis espaldas. Giré la cabeza y vi una sombra detrás de mí. En ese preciso momento, vi que el hombre se quitaba el gorro y que se me echaba encima. Me agarró por el cuello y empezó a presionarme muy fuerte a la altura de la carótida. Todo pasó muy rápido. Primero pensé que me quería violar; luego, que quería matarme porque ya no podía respirar, me estaba ahogando, y además no conseguía gritar. Gritaba pero no salía nada. Fue entonces cuando pensé en actuar. Traté de quitar sus manos de mi cuello, pero él me apretaba con demasiada fuerza. Intenté darle en las piernas con los pies, pero fue inútil porque mis zapatos llevaban una suela muy blanda y no le hacía daño. Mi último recurso fue agarrarle por el cabello: conseguí levantar los brazos pero no lo alcanzaba, y fue entonces cuando  me quedé inconsciente.
   Me desperté tendida en la acera entre dos coches. Me costó levantarme, estaba muy débil y, sobre todo, mi cerebro ya no funcionaba normalmente. Traté de recordar lo que me había pasado. Vi mis libros y mis folios tirados por el suelo y miré a mi alrededor para ver si el hombre seguía allí. Me dolía la garganta y me di cuenta de que ya no tenía ni collar, ni mp3, ni pañuelo, ni bolso. Estaba completamente despistada y recuerdo que me puse a pensar “esto es la muerte, en realidad no nos vamos al cielo sino que nos quedamos...” y pensé en mis padres. Ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba así.
   Me quedé paralizada, temblaba, me costaba respirar, me ahogaba. Era una mezcla entre la falta de aire por el estrangulamiento, el miedo y la rabia. En fin, no controlaba nada pero sí me daba cuenta de que mi cuerpo reaccionaba, así que no estaba muerta. Unos segundos después, vi un coche y lo paré para que llamaran a la policía. No podía venir y me dijeron que me presentara en comisaría. Volví a casa y  para no asustar a mis padres, traté de mantener la sangre fría. Les conté lo ocurrido. Les dije que tenía que ir a la comisaría para poner una denuncia, que no era tan grave porque estaba viva, y que no me habían violado. ¡Al fin y al cabo había tenido suerte!
   El miedo empezó a aumentar, la angustia se hacía cada vez más fuerte, el estrés iba creciendo de forma insoportable a cada minuto. Puse un tornillo en la cerradura de la puerta de mi casa y cerré las persianas. Comprobaba constantemente detrás de la puerta el que nadie pudiera entrar. Aquello duró meses. No pegaba ojo, el más mínimo ruido me asustaba.
   Al día siguiente fui al hospital para que me examinara un médico. Afortunadamente, no me encontraron nada, pero psicológicamente estaba destrozada. No soportaba la presencia de los hombres. La gente me daba miedo. Me costaba respirar, me sentía débil, desfallecida, con ganas de llorar, y el cerebro paralizado. Como había tocado el pelo del agresor, me había hecho una idea de su textura ya que su cabello era muy especial, con lo cual, cada vez que veía un hombre con el mismo pelo, me entraba pánico.
   No me dieron de baja y cuando se fueron mis padres me encontré sola con mis temores. Salir por la mañana era una pesadilla, el hecho de abrir la puerta era terrible, bajar a la calle peor aún, caminar y coger el metro, insoportable. El médico me había dado ansiolíticos. Me los tomaba antes de salir de casa, en el metro, o sea, cada vez que tenía un ataque de ansiedad, es decir siempre. Procuraba no coger los transportes públicos, y les pedía a los taxistas que esperaran a que entrara en mi edifico. Al final, llamé a un amigo para que se viniera a dormir a casa. El único remedio que tenía para tranquilizarme era encerrarme en casa. Estaba cansadísima ya que los ataques de pánico agotan tus fuerzas. Trataba de dormir pero tenía pesadillas. En mi día a día, no me fijaba en nada, me costaba centrarme.
   Por fin, mi novio llegó de Francia. Yo tenía la esperanza de que me iba a apoyar, de que iba a hacer lo posible por aliviarme, por acompañarme en el largo camino de la curación. Unos meses después, me cambié de piso pensando que así olvidaría lo ocurrido y empezaría de nuevo mi vida en Madrid. Pero me di cuenta de que mi situación empeoraba. Viví cosas que revelaron el trauma que había tenido. Era incapaz de bajar al garaje y aún menos al trastero. Evitaba salir para no coger el coche, evitaba hacer lo que me daba miedo, es decir todo: salir a la calle, caminar de noche, etc.... Siempre me pensaba qué camino coger. Cuando desconfiaba de alguien en el metro, me bajaba y esperaba al siguiente tren. Dejé de trabajar en los horarios de tarde-noche (de 8 a 10).
   A mi novio le costó entender por lo que estaba pasando. En vez de apoyarme y tranquilizarme se ponía a veces agresivo. Es de los que piensan que “forzarse ayuda a salir adelante” tal y como se suele hacer con un deportista de alto nivel para que saque los mejores resultados. Para mí fue peor. En vez de mejorar caí en una depresión aún más profunda. Tenía la sensación de estar loca y de ser incapaz de vivir normalmente. Me sentía mal, tonta, agresiva y tenía una autoestima muy baja. Me sentía culpable de todo porque el problema lo tenía yo. Me marché de vacaciones a casa de mis padres. Allí me quedé encerrada. No paraba de dormir, no tenía fuerzas para nada, ni siquiera quise ver a mis amigos porque no me apetecía. La melancolía me invadía, y aún así me esforzaba en decir que todo iba bien, fingía ser feliz y pensaba que con el tiempo todo se arreglaría.
   A la vuelta de las vacaciones, ya no podía aguantar más y decidí empezar una terapia. Fui a la consulta de una psicóloga que me ayudó a superar mis miedos y a entender lo que me ocurría. Al mismo tiempo, empecé con las clases de autodefensa. Hacía años que quería hacerlo y sabía que eso me iba a ayudar. Me costó mucho, sobre todo al principio. Estaba muy estresada, tenía miedo y mi cuerpo reaccionaba de manera incontrolable. El profesor me explicó que era una reacción emocional al miedo. Las primeras clases, me sentía muy débil, mi vista se nublaba, tenía vértigos, náuseas, en fin, estaba a punto de desmayarme.
   Tras una cita con mi psicóloga, me di cuenta de que el profesor me recordaba al agresor. Sus gritos me asustaban. Cada gesto que iba al cuello me molestaba, pero poco a poco me fui acostumbrando. El profesor habló conmigo y entendió muy bien lo que me estaba pasando. Lo que yo necesitaba era eso: que me trataran como a una persona “normal” pero tranquilizándome a la vez. Una mirada o una palabra como “qué tal estás” era suficiente para reconfortarme y darme confianza. Me trató como a los demás. El grupo era excepcional, el ambiente era muy alegre y a la vez muy serio.
   Entendí lo que me pasaba, las consecuencias del miedo; comprendí las reacciones de mi cuerpo. Poco a poco fueron desapareciendo los vértigos, las náuseas y mis piernas ya no temblaban. A partir de entonces, cada vez que salía del curso, me sentía aliviada. Por primera vez desde hacía meses me sentía bien, ligera y volví a sonreír. Llamaba a mi familia para contarles lo bien que me sentía y decirles que iba por buen camino.
   El profesor nos había advertido que tendríamos un examen final, al que yo no quería presentarme. Le había dicho que para mí, el hecho de haber superado tantas cosas era suficiente y que no estaba aquí para sacar un diploma. Él no estaba de acuerdo conmigo, me dijo que era importante que lo presentase y que era capaz de sacarlo. Estaba muy nerviosa pero confiaba mucho en él así que traté de calmarme. Cuando me tocó, empecé con el examen que consiste en defenderse en una situacion concreta. La verdad es que no me acuerdo muy bien de todo, sé que hice cuanto pude para neutralizar. Yo estaba tratando de aplicar lo que habíamos hecho durante las clases intensivas, pero también estaba reviviendo la agresión que sufrí. Al final del examen, empecé a ahogarme y me puse a llorar. Creo que estaba viviendo de nuevo el atraco, pero esta vez había hecho algo... No quería seguir, me sentía muy mal, pero por otro lado me daba cuenta de que me había quitado un peso de encima. El profesor vino a buscarme, volví a clase y acabé el examen.
   Me surgieron todo tipo de pensamientos: estaba feliz, triste, aliviada pero muy consciente de que todo no había acabado y que tenía que seguir por este camino. Nunca olvidaré este día. Tenía que pasar por ello, el profesor lo sabía y supo muy bien acompañarme. Pasé un mal rato pero estaba preparada para vivirlo y afrontarlo. Ahora, emocionalmente, me controlo mucho más. Fue mi manera de tranquilizarme.
   Hoy estoy mejor y he comprendido que el miedo aumenta el miedo y tomarse las cosas con calma te hace actuar de manera más eficaz, más sutil, y te impide quedarte paralizada. Ahora las reacciones emocionales las controlo más pero sobre todo controlo mi cuerpo. Si hubiera sabido cómo defenderme a lo mejor hubiera podido quitarme a este chico de encima, y tal vez él hubiera tenido miedo y me hubiera dejado. Ahora cuando le tengo miedo a alguien, no me paralizo, hago los ejercicios de relajación que me enseñó la psicóloga y me tranquilizó yo sola.
   Con mi psicóloga, seguí una terapia y mejoré bastante en pocas semanas. Empezamos con ejercicios de relajación. Luego, ella me dio a entender que yo tenía que encontrar el valor de afrontar el miedo, tenía que dejar de huir y averiguar por mí misma que no iba a pasarme nada. Cosa que hice. Fui apuntando las cosas que me daban miedo y cómo me sentía en esos momentos. Después, me obligué a bajar sola al garaje (la primera vez volví a casa cansadísima, el corazón me latía muy fuerte pero lo había logrado), a quedarme en el metro cuando desconfiaba de alguien, a salir de noche, en suma, a volver a vivir como antes...y poco a poco me di cuenta de que tenía razón. ¡Cuanto más me forzaba en hacerlo, menos miedo pasaba! Ahora cada miedo superado es una victoria. Poco después de la primera cita dejé a mi novio. Seguí mejorando sola. No quería ser esclava de mis miedos, quería volver a ser la que era antes. Superé los ataques de pánico, subió mi autoestima y al mismo tiempo salí adelante a pesar de la separación.  Me di cuenta de que yo era dueña de mi vida y de mis emociones, que sólo yo podía actuar, aprendí a no depender de alguien o de algo.
   A partir de este momento valoré la vida y mis logros. Cuando pienso en lo que yo era hace unos meses y lo que soy hoy, me alegro. Es difícil entender hasta qué punto uno puede hundirse en el malestar. No se controla nada, cuesta salir adelante, enfrentarse con sus miedos, sentir su cuerpo reaccionar. Pero siempre hay una salida, se necesita mucha paciencia y apoyo. Éste puede venir del cariño de los amigos y de la familia, pero también de la ayuda de los profesionales.
   El día en que leí en el periódico que habían detenido al agresor, me quedé boquiabierta. Necesitaba decirlo a todo el mundo y si hubiera podido gritarlo en plena calle lo hubiera hecho. Antes de ese día, pensaba que en cualquier momento me podía encontrar de nuevo con ese chico. No vivía en paz, sentía que no había justicia si él seguía en libertad. Me preocupaba mucho, pensaba en las futuras víctimas ya que hubo por lo menos 3 mujeres que fueron atracadas después. La policía no me llamó, no quisieron decirme nada en cuanto a un eventual juicio. Logré hablar con un policía que me dijo que como yo no había visto la cara del agresor no podían acusarle ni relacionarlo con mi caso. Era mejor dejarlo y no volver a pensar en ello. Fue terrible para mí porque a pesar de todas las evidencias, este joven iba a tener un juicio, pero sólo por 1 atraco en vez de 9. Me hubiera gustado mirarle a los ojos, presenciar el juicio y ver cómo le metían en la cárcel. Me gustaría creer que hay una justicia y que las personas malas son castigadas. Desafortunadamente, no es siempre así, con lo cual, para que eso no vuelva a ocurrir, prefiero saber defenderme sola y superar todo esto.
   Entre la terapia y las clases de autodefensa, hoy puedo decir que fue lo mejor que podía haber hecho. Mi vida es otra, yo soy otra. Este remedio es mucho más eficaz que un tratamiento con medicación que, para estos casos, no es más que un apoyo muy puntual ya que cuando paras el tratamiento no has arreglado nada. Para conseguir fuerzas y algo estable, hay que actuar. Ahora tengo “armas mentales” para protegerme y afrontar la vida. Cada día que va pasando parece menos agresivo. Vivo en paz y estoy mucho más tranquila. He adquirido confianza en mí misma, sé a dónde voy y lo que quiero. Me servirá para siempre porque si el cuerpo y la emoción tienen memoria, la tienen en lo bueno y en lo positivo también.

   SANDRA MÉNARD.


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