Madrid, Enero de 2006.
Buenos días D. Enrique.
Espero perdone el atrevimiento de dirigirme a usted, pero es fruto de la desesperación, de la ansiedad, de querer encontrar sosiego a un estado de ánimo indescriptible, que hace que busque en cualquier fuente un no se qué, y con motivo de ésto encuentre su nombre como colaborador del Instituto de Victimología, y de pronto lea y corrobore en su artículo, lo que tantas veces he comentado al abogado, a la psicóloga....y que parece no tener tanta importancia para los demás como para mí y mis hijos.
Me refiero al hecho de cómo la justicia, en el desarrollo de su función, incrementa un daño ya de por sí extremo y de cómo parecen no darle importancia a este hecho, y solamente a los trámites del juicio propiamente dicho. De cómo de una acción que debería ser reparadora en todos los sentidos, (nunca se puede reparar la pérdida de un ser querido), o al menos acercarse a esa reparación, lo que hace es abrir más y más la herida. De cuánto daño hace el ver continuamente en los medios de comunicación el cadáver de la persona amada...
¿Me puede usted ayudar a difundir esto? ¿A que las víctimas y sus familiares tengan una ayuda "real" tanto psicológica como orientativa a nivel burocrático desde el momento en que se nos da la "noticia"? ¿Me podría usted orientar sobre qué hacer para ayudar a otras familias que estén en la misma angustiosa situación? Le aseguro que haré todo lo que esté en mi mano.
Este calvario de sensaciones empezó hace tres meses con el asesinato de mi marido: incredulidad, tristeza infinita, impotencia, náuseas, un vacío indefinible, como si ni siquiera fueras tu misma, o como si no hubiera nada dentro de ti, un tremendo dolor físico y psíquico, preocupación y dolor por el de tus hijos, "sentir" que la vida se ha acabado, que todos los proyectos, las ilusiones, todo lo que aún quedaba por compartir, ya no podrá ser, que ya no puede ver a sus hijos ni disfrutar con ellos..etc.
Y en medio de toda esta barabunta de emociones, el encontrarte como un niño perdido, entre una burocracia legislativa que desconoces totalmente. Nadie te informa absolutamente de nada. Nadie te guía. Y desde luego, a la justicia parece no importarle la salud psíquica de las víctimas o sus familiares.
Perdone la extensión de mi correo. Ni siquiera sé si he sabido expresar con claridad el motivo de él. Discúlpeme. No tengo la mente muy clara.
Agradezco enormemente su atención y su posible orientación.
Con todos mis respetos.
ISABEL CORDERO.