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Entrevista con ...
Entrevista realizada al profesor Enrique Baca Baldomero
Madrid, 7 de septiembre de 2004.
Entrevista realizada por Pilar Arrate Junquera. Periodista.


•  Profesor Baca, en el mundo actual cada día parece que suceden más acontecimientos que son calificados como traumáticos por la prensa y demás medios de comunicación ¿Qué entiende la psiquiatría por una experiencia o acontecimiento traumático?
   Para la psiquiatría un acontecimiento traumático tiene siempre dos componentes: uno es la experiencia como tal, que siempre es subjetiva. Es decir lo que me pasa a mí no es vivido de la misma forma como lo puede vivir otra persona. Lo que para mí puede ser una catástrofe para otro puede que sólo sea un pequeño contratiempo. Esta dimensión subjetiva es muy importante y por supuesto siempre ha de ser tenida en cuenta.
   Pero no podemos olvidar que, además de este componente subjetivo, ocurren determinados acontecimientos que, por su propia naturaleza, van a constituir una clara agresión para la mayoría de las personas, sean cuales fueren las formas de reaccionar de dichas personas. Es decir, por encima de la capacidad subjetiva de sentir y de asimilar, hay hechos que son traumáticos para casi todo el mundo. Por ejemplo un incendio que se declara en un domicilio por la noche y que coge desprevenidos a los ocupantes de la casa o un accidente de aviación, por sólo mencionar casos extremos, van a ser acontecimientos traumáticos al margen de la mejor o peor capacidad de asimilación de quienes los sufren. Este es el que podríamos denominar componente objetivo de estas situaciones. No cabe duda de que, a pesar de ello, las personas involucradas en un accidente o un incendio reaccionarán de forma diferente según su personalidad, experiencias anteriores, etc. Por tanto aunque puedan distinguirse (y sea útil hacerlo) ambos componentes (subjetivo y objetivo), en la práctica van siempre indisolublemente unidos.

•  ¿Toda experiencia traumática es siempre causa de una reacción patológica?
   Evidentemente no. Todo dependerá de la capacidad de resistencia y de adaptación que tenga el individuo. También dependerá (y este es un punto importante) de las experiencias anteriores del sujeto y de la forma en que éste las ha enfrentado o resuelto. Es decir ante una situación traumática del tipo que sea (desde la más leve a la más grave) quien la sufre se ve obligado a desarrollar una conducta de respuesta que depende, como acabamos de decir, de sus capacidades personales, entre las que hay que considerar, no sólo la estructura y los recursos de su personalidad sino también su capacidad intelectual, su bagaje cultural, el medio social en que se apoya, etc, etc. Todo este complejo conjunto de factores, unido a las experiencias anteriores en la resolución de las posibles situaciones traumáticas sufridas (que no tienen que ser necesariamente del mismo tipo) es lo que posibilitará que la respuesta que se produce sea adaptativa (es decir tienda a minimizar el daño y a restablecer el equilibrio previo) o sea lesiva e incluso destructiva para el individuo que ha sufrido el trauma. Es en este último caso cuando aparecen las reacciones patológicas.

•  ¿Qué tipo de reacciones patológicas son las más frecuentes en los casos en los que, desgraciadamente, el individuo no es capaz de desarrollar una respuesta adaptativa?
   La mayoría de las veces son respuestas de ansiedad que, en algunas ocasiones, se dan junto a síntomas depresivos que pueden evolucionar a cuadros de depresión intensa. Los psiquiatras llamamos a esto trastornos adaptativos queriendo señalar, como decíamos antes, que son reacciones ante lo que nos sucede. La forma más habitual de patología que aparece tras una situación traumática que no puede resolverse bien por el sujeto son, por tanto, estos cuadros de ansiedad y de depresión que oscilan en su gravedad y en su duración dependiendo de los factores que ya hemos mencionado.

•  ¿Y el trastorno por estrés postraumático del que tanto se habla en todos los medios?
   El trastorno por estrés postraumático es un cuadro grave que afortunadamente no aparece siempre que se produce un acontecimiento traumático, aunque su nombre induzca a pensar lo contrario. En esto pasa como en muchas otras cosas de la psiquiatría y de la medicina en las que el nombre técnico acaba teniendo un uso “común” que no se corresponde con la realidad. Para no cansar al lector sólo le diré que el trastorno por estrés postraumático supone un conjunto de síntomas específicos que, cuando aparecen, exigen un tratamiento complejo y largo. Cualquier profesional adecuadamente entrenado está capacitado para detectarlo y para identificarlo de forma diferenciada de los trastornos adaptativos más “simples”, por utilizar una expresión coloquial.

•  Todo lo que me acaba de contar se corresponde con la visión “técnica” de estos procesos pero yo quisiera preguntarle algo sobre los aspectos más cercanos a la persona de la calle ¿a qué cree que se debe este súbito interés por estos temas? ¿es que antes no había víctimas? ¿no estaremos sobredimensionando un aspecto de la vida que siempre ha existido y siempre existirá?.
   Su pregunta me parece muy sensata y pertinente pero al mismo tiempo contiene varias cuestiones distintas que intentaré responder. En primer lugar quiero dejarle claro que le contesto al margen del impacto (tremendo) que han acusado dos hechos terroristas sin precedentes en los países que los han sufrido: el 11 S en New York y el 11M en Madrid. La importancia de ambos hechos podría oscurecer lo que quiero decirle y por eso le recalco que le contesto al margen de los mismos. Es decir no centrando la argumentación en ambas acciones brutales.
   Y esto por una circunstancia que me parece importante dejar bien sentada desde el principio: la relevancia mediática de un hecho no siempre se correlaciona exactamente con el impacto causado en los individuos que lo han sufrido. Como ejemplo puedo mencionarle que las víctimas de los atentados terroristas en España anteriores al 11M, fueron consecuencia de un “goteo” (más o menos incesante, según las épocas) de asesinatos que se “olvidaban” al cabo de los pocos días o semanas y dichas víctimas tenían (sobre todo en ciertos lugares) un muy escaso apoyo social, elemento que es fundamental como factor de protección ante las complicaciones patológicas.
   Pero el interés por las víctimas y por el proceso de victimización no es, ni debe ser, exclusivo de los atentados ni de las grandes catástrofes. Es aquí donde el interés mediático (legítimo, sin duda) se separa netamente del interés humano. Las víctimas lo son, aunque nadie se entere de su sufrimiento ni nadie conozca su situación. Y es ahí precisamente a donde yo quiero conducir, si me lo permite, la contestación a su pregunta.
   Desde esta perspectiva creo sinceramente que el interés actual por los procesos de victimización y por las secuelas de los acontecimientos traumáticos en los seres humanos es una consecuencia directa de una actitud de progreso en la sociedad. Una sociedad más solidaria implica, como es bien sabido, una preocupación por las personas y las circunstancias que inducen situaciones desfavorables o de riesgo. Y preocuparse por el hecho de que existen (más de lo que se cree) millones de seres humanos en todo el planeta y cientos de miles en nuestro propio país que sufren (sin salir en los periódicos) situaciones de victimización es algo por lo que debemos congratularnos, y sobre todo de que, por fin, se convierta en un objeto de atención social prioritaria.
   Dicho ésto creo que puedo contestar muy simplemente a su segunda pregunta: Sí, antes había, como ahora, víctimas (de la violencia doméstica, de la violencia política, de los accidentes, de pequeñas y no tan pequeñas catástrofes, naturales o provocadas, inevitables o debidas a la negligencia humana) lo que ocurría es que el ser víctimas (más allá de los mecanismos legales) se consideraba esencialmente una cuestión privada que cada cual debía resolver como podía. Hoy estamos en la línea de considerar que el estudio de los mecanismos de riesgo y protección, de las consecuencias de todo tipo, de las capacidades para afrontar o sucumbir al trauma (agudo o crónico) y toda una larga serie de cuestiones más, han de ser tomadas como un problema de todos y como tal abordado, tanto en su estudio como en sus posibles soluciones. Esto es lo que pretendemos hacer en el Instituto: colaborar, siquiera sea modestamente, en “hacer visible” este problema que nos afecta a todos, en cuanto personas solidarias, y nos puede afectar, en cuanto protagonistas, en cualquier momento de nuestra vida.
   Y con esto llego a su tercera pregunta. Mi respuesta aquí es categórica: No, no lo estamos sobredimensionando. Al contrario, aún lo infraestimamos. Y esto es necesario decirlo por que ya se oyen voces que insisten en lo contrario. El periódico francés “Le Monde” en un artículo publicado el 23 de Agosto de 2004 es un ejemplo de esta postura en un texto que incluye un chiste demoledor. En el dibujo un hombre le dice a otro “De hecho yo no soy una víctima” y el otro responde “¡Vaya! Pues le acompaño en el sentimiento”.

•  Por último me gustaría hacerle una pregunta directa, si me lo permite ¿No cree que en todo este interés por la victimología (incluyendo el interés de su Instituto) no subyace un cierto “carroñerismo” oportunista?. Le ruego me disculpe si la pregunta es demasiado “incisiva”.
   No voy a decirle que me alegra que me haga esta pregunta, no quiero caer en el tópico. Pero sí le diré que me parece, de nuevo, perfectamente pertinente. Y lo es porque señala usted con ella un riesgo al que estamos asistiendo en los momentos actuales y que me gustaría comentarle muy someramente.
   Pero antes quiero comenzar a responder citándole simplemente cosas que son hechos: la Fundación Instituto de Victimología se crea como culminación natural de los trabajos de investigación que un grupo de profesionales, a los que he tenido la satisfacción de dirigir, había comenzado en el año 1988 y que se han mantenido durante todo este tiempo hasta que el 1 de septiembre de 2003 se constituye el Instituto con prácticamente el mismo equipo investigador, más algunas incorporaciones muy estimables. Como puede usted comprobar, nuestro interés por el tema apareció en un momento en que nadie pensaba que este fuera un campo prioritario, ni tan siquiera desde el punto de vista del estudio del trastorno por estrés postraumático que tanto impulsaron, en un momento más tardío, las compañías farmacéuticas. No se nos puede decir que lo nuestro fuese “oportunista”. Es más, puedo decirle que, en aquello momentos, se consideraba poco menos que inoportuno.
   ¿Quiere decir esto que no ha podido producirse en tiempos más inmediatos un cierto “carroñerismo” en los intentos de capitalizar, utilizar o instrumentalizar los recientes acontecimientos para obtener ventajas, posiciones, empleos o simple eco mediático?. Pues sinceramente no lo sé. Yo creo que cada uno puede hacerse una opinión a tenor de lo que se ha oído y se ha publicado.
   Ahora bien, no le oculto que en el Instituto hemos visto con cierta preocupación la proliferación de “expertos” a que da lugar un hecho con consecuencias mediáticas tan importantes como los atentados del 11M. La ciencia no se hace con modas y el tiempo es el mejor decantador de los trabajos que son sólidos. El tiempo, créame, separa con una eficacia singular el grano de la paja y los “amantes de lo último” de los investigadores serios.


   
Enrique Baca