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Entrevista realizada al profesor Enrique Echeburúa Odriozola
Noviembre 2006.

•  Profesor Echeburúa, su actividad investigadora dentro de la Victimología se ha orientado en distintas direcciones. Una de ellas es la violencia que sufre la mujer en el seno de la relación de pareja. Los datos de las instituciones públicas, los medios de comunicación y la percepción social informan de un incremento de los casos de mujeres objeto de este tipo de violencia. ¿Cómo se explica esto, y precisamente en sociedades donde las mujeres conquistan día a día nuevos espacios de igualdad y autonomía?
   La violencia de pareja constituye hoy un reto de primera magnitud por dos motivos: se conoce mejor que en épocas pasadas y, además, ha aumentado objetivamente. La violencia contra la mujer siempre ha existido, pero se mantenía oculta porque permanecía circunscrita a las paredes del hogar y porque el dominio del hombre sobre la mujer formaba parte de los valores sociales aceptados, como hoy ocurre todavía, por ejemplo, en los países musulmanes. La evolución y el desarrollo de las sociedades occidentales han traído consigo la equiparación de los roles masculino y femenino y, por tanto, la imposibilidad de considerar como algo normal  la imposición del dominio vejatorio de los hombres sobre las mujeres. Es decir, la violencia contra la mujer no es propiamente un mal  específico de nuestro tiempo. Lo que es nuevo es la sensibilización social ante esta realidad,  que ha supuesto una mayor difusión del problema por parte de los medios de comunicación, una toma de conciencia por parte de las autoridades (políticas, judiciales y legislativas), una alerta de la opinión   pública y una actitud de rechazo por el conjunto de la sociedad.
   Por otra parte, la violencia doméstica contra la mujer ha aumentado en número de casos y en gravedad. La emancipación actual de la mujer, fruto de los valores igualitarios del sistema democrático, de la creciente presencia femenina en la educación superior, de la incorporación de las mujeres al trabajo cualificado y del control de natalidad, ha supuesto un cambio drástico respecto al modelo femenino de generaciones anteriores. Muchos hombres no han conseguido integrar este nuevo modelo de mujer, tan distinto del de sus madres o de sus abuelas, y han considerado la independencia de la mujer como un desafío al papel (es decir, a los privilegios) del hombre, que, en muchos casos, no se  resigna a perder el control de la situación. En este sentido la permanencia del machismo, de las relaciones de dominio y del sentido de la propiedad, incompatible con el nuevo papel de la mujer, explica el aumento de la frecuencia y de la gravedad de la violencia de género en el seno de la relación de pareja.

•  En sus trabajos encontramos afirmaciones sorprendentes, como cuando sostiene que la familia es el foco de violencia hacia las mujeres más destacado de nuestra sociedad. ¿Es correcto pensar que, como afirman las teorías de género, superadas otras formas de represión institucional, la violencia en el hogar es el nuevo precio que deben pagar las mujeres en el camino hacia su emancipación?
   No me cabe ninguna duda de que la familia es el foco de violencia hacia la mujer más significativo. Al contrario de lo que sucede con los hombres, más de las dos terceras partes de los actos violentos perpetrados contra mujeres son cometidos por alguien cercano a ellas (pareja, padres, etcétera). Así, por ejemplo, según el informe mundial sobre Violencia y Salud de la OMS (2002), la mitad de las muertes violentas de mujeres en el mundo ocurre a manos de la pareja.
   Las agresiones repetidas y prolongadas tienden a producirse sobre todo en situaciones de cautiverio, cuando la víctima es incapaz de escapar del control del agresor al estar sujeta a él por la fuerza física o por vínculos económicos, legales, sociales o emocionales. El hogar es, paradójicamente, el lugar donde es más probable el maltrato físico y psíquico. No deja de ser curioso incluso que el término criminal sea masculino y que el de víctima sea femenino.
   Las mujeres avanzan en el camino hacia la emancipación a costa de acabar con los privilegios del hombre secularmente mantenidos. En este sentido la violencia denota la falta de aceptación de este proceso por parte del hombre y es un reflejo del fracaso del hombre en la adaptación a los nuevos roles. Los cambios democráticos a nivel político y social han sido rápidamente asumidos en la España actual tras la muerte de Franco, pero la interiorización de esos valores en la relación de pareja está siendo mucho más costosa porque supone para el hombre acabar con privilegios seculares, romper con estereotipos sobreaprendidos y cuestionar el papel de la mujer tal como ha sido modelado por sus madres y abuelas.

•  Muchas de las consultas que nos realizan mujeres que han sido objeto de agresiones por parte de sus parejas se refieren a una vivencia que las interroga y las angustia: durante mucho tiempo se sintieron culpables e incluso responsables y provocadoras de estas agresiones. En muchos casos esto retrasa el momento en el que la mujer se decide a dar el primer paso para salir de esta situación de maltrato, y cronifica la violencia. ¿Cómo pueden explicarse estos fenómenos de autoinculpación? Y, pensando en las mujeres que se encuentran en esta duda, ¿puede ofrecerse alguna indicación, alguna pista, sobre el momento en el que debe solicitarse ayuda?
   De la misma manera que las mujeres son más proclives a la depresión que los hombres, lo son también a los sentimientos de culpa irracionales (por ejemplo, cuando sufren una agresión sexual, cuando han sido víctimas de abuso sexual en la infancia o cuando experimentan maltrato en su relación de pareja). De hecho, la depresión y la culpa están muy relacionadas entre sí. No sabemos exactamente por qué este fenómeno afecta a las mujeres más específicamente que a los hombres.
   Por lo que se refiere concretamente a la violencia de pareja, muchas mujeres han interiorizado los patrones culturales imperantes y basan también gran parte de su autoestima en su capacidad para complacer a su marido, pudiendo vivir con culpa sus legítimos deseos de autonomía. La violencia es tan irracional, sobre todo cuando es protagonizada por la pareja, que algunas mujeres se preguntan qué han hecho mal para que su pareja se comporte de esa determinada manera. La búsqueda de una pareja estable y el establecimiento de una familia son objetivos muy importantes para la mayoría de las mujeres. Por ello, tienden a atribuir a sus errores la conducta violenta ejercida por su pareja. Pero cuando la culpa entra por la ventana, la autoestima se va por la puerta y es el caldo de cultivo adecuado para la aparición de la depresión.
   A veces las mujeres se culpan a sí mismas por conductas que han realizado para evitar la violencia, como mentir ocasionalmente, encubrir al agresor, tener contactos sexuales a su pesar, etcétera. Cerca de la mitad de las mujeres se culpan a sí mismas por lo ocurrido pensando erróneamente, como consecuencia de un estereotipo social, que quizá "ellas se lo han buscado".
   A las mujeres que se culpan a sí mismas de los abusos les cuesta mucho más acudir a un centro de tratamiento, a la policía o a un abogado en busca de ayuda. Las mujeres deben saber que sentirse culpable no equivale necesariamente a ser culpable. Los sentimientos tienen que ver con aprendizajes tempranos y estereotipos sociales y no son necesariamente una prueba de la realidad.
   Por ello, es importante no vivir en solitario el dolor de la culpa. Lo adecuado es exteriorizarlo a las personas de confianza (familiares, amigas íntimas, etcétera) y buscar cuanto antes ayuda especializada. En general, las mujeres que disculpan a los hombres violentos tienden únicamente a hacerlo mientras están atrapadas en la relación. Una vez liberadas de las presiones sociales, son, por lo general, capaces de ver quién es el verdadero culpable.

•  Cuando se habla de la violencia de género, habitualmente, y como es natural, se habla de las víctimas, pero con menos frecuencia de los causantes de la misma, de los maltratadores. Incluso, se ha propagado un cierto pesimismo con respecto a las posibilidades de tratamiento y rehabilitación de los agresores. ¿Qué puede decirnos con respecto a la posibilidad de evitar la reincidencia en estos varones?
   Tratar a un agresor no significa considerarle no responsable de lo que ha hecho.  Es una falsa disyuntiva considerar al hombre violento como malo, en cuyo caso merece las medidas punitivas adecuadas, o como enfermo, necesitado entonces de un tratamiento médico o psicológico.
   Lo cierto es que muchos hombres violentos son responsables de sus conductas, pero, sin embargo, presentan limitaciones psicológicas importantes en el control de los impulsos, en el abuso de alcohol, en su sistema de creencias, en las habilidades de comunicación y de solución de problemas, en el control de los celos, etcétera. Un tratamiento psicológico puede ser de utilidad para hacer frente a las limitaciones de estos hombres que, aun siendo responsables de    sus actos, no cuentan, sin embargo, con las habilidades necesarias para   resolver los problemas de pareja en la vida cotidiana. De lo que se trata es de controlar la conducta actual para que no se repita en el futuro. De este modo, se protege a la víctima y se mejora la autoestima del agresor.
   Tratar psicológicamente a la víctima y prescindir de la ayuda al agresor es, a todas luces, insuficiente. Pero hay más. Tratar al agresor es una forma de pedir     que la violencia, más allá de la víctima, se extienda a los otros miembros del hogar (niños y ancianos), lo que ocurre en un 30% o 40% de los casos. Además, si se produce una separación o divorcio y el agresor se vuelve a emparejar, se puede predecir que va a haber, más allá del enamoramiento transitorio inicial, una repetición de las conductas de maltrato con la nueva pareja. Por ello, la prevención de futuras víctimas también hace aconsejable el tratamiento psicológico del agresor.
   Tratar psicológicamente a un maltratador es hoy posible, sobre todo si el sujeto asume la responsabilidad  de sus conductas y cuenta con una mínima motivación para el cambio. Los tratamientos psicológicos de hombres violentos contra la pareja ofrecen unos resultados aceptables. Si bien el nivel de rechazos y abandonos prematuros es todavía alto, los resultados obtenidos hasta la fecha son satisfactorios: se ha conseguido, al menos en un tercio de los casos, reducir las conductas de maltrato y evitar la reincidencia, así como lograr un mayor bienestar para la víctima y para el agresor.   En definitiva, se debe intentar el tratamiento con los agresores. No   hacerlo empeora la situación y responde más a prejuicios ideológicos pseudofeministas que   a la realidad de los hechos constatados. Por último, desde una perspectiva preventiva, en la medida en que disminuya el número de hombres violentos contra la pareja, también lo hará la violencia futura. Se trata, en definitiva, de interrumpir la cadena de transmisión intergeneracional y el aprendizaje observacional por parte de los hijos.

•  Otro de los motivos de preocupación social se refiere a la violencia escolar y juvenil, y, de hecho, usted asesoró al Senado en una ponencia sobre este tema. ¿Está justificada esta alarma en nuestro país?, ¿cómo pueden explicarse estos fenómenos?
   La violencia escolar y juvenil, aun estando muy por debajo de los estándares europeos y americanos, han aumentado considerablemente en los últimos años en España. La violencia escolar se relaciona con el deterioro de la familia, la pérdida de autoridad de los profesores, el impacto de la inmigración extranjera y la falta de atractivo de muchos programas de estudio, sobre todo en su conexión con los problemas de la vida real. No hay ahora más violencia; si acaso, se ha vuelto más grave. Y, en cualquier caso, se ha hecho más visible. Sin embargo, no se trata en modo alguno de una epidemia.  A los profesores, en general, les preocupa más la falta de motivación por el estudio y la indisciplina que la violencia propiamente dicha.
   De todos modos, el tratamiento informativo de algunos sucesos dramáticos, como el caso Jokin, que son excepcionales, y de algunas encuestas ha creado, en mi opinión, un alarmismo excesivo respecto a lo que, afortunadamente, es un fenómeno circunscrito a situaciones más bien excepcionales o a áreas urbanas muy problemáticas. De lo que se trata en estos casos es de detectarlos tempranamente, de proteger a las víctimas, de dar apoyo al profesorado y de establecer unas estrategias de actuación conjuntas entre los padres y los profesores, con el apoyo de las autoridades educativas.  Algunas medidas preventivas que se pueden adoptar en la escuela son rechazar todo tipo de violencia (no hay violencias buenas y violencias malas), potenciar las tutorías con los alumnos, establecer contactos regulares con las familias y echar mano de los recursos comunitarios (Servicios Sociales, Centros de Salud Mental, etcétera) en los casos necesarios.
   Respecto a la violencia juvenil, va en aumento y probablemente lo hará aún más en el futuro. Se trata de que hay más conductas violentas y, sobre todo, de que son más graves en este sector de la población. La disgregación familiar, el consumo abusivo de alcohol y drogas (especialmente cuando se mezclan el alcohol y los estimulantes, como la cocaína, o el alcohol y el hachís) y la falta de integración social de jóvenes fracasados escolarmente y no absorbidos por el mercado de trabajo o de inmigrantes extranjeros no integrados llevan a muchos jóvenes inadaptados a adoptar conductas violentas (agresiones, violaciones, etcétera), delictivas (hurto de vehículos, robos, etcétera)  o que representan un desafío a las normas vigentes (conducir a gran velocidad, hacer gamberradas, etcétera) en un intento de mostrar un consumismo al que no tienen fácilmente acceso por vías legales o de buscar emociones fuertes (por ejemplo, grabar en vídeo o hacer fotos de sus fechorías y enviarlas por el móvil o por Internet) que, de alguna forma, les hagan huir de una realidad cotidiana gris.

•  Recientemente fue promulgada la ley de Protección Integral contra la Violencia de Género.¿Qué opinión le merecen las iniciativas legislativas que tratan de reducir estos modos de violencia? ¿Podemos ser optimistas con respecto al efecto de estas medidas en la magnitud de este problema?
   La Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género me parece, básicamente, positiva porque intenta abordar una visión integradora del problema y plantea esfuerzos conjuntos (legislativos, jurídicos, policiales, rehabilitadores, asistenciales, etcétera) para hacer frente a un fenómeno sumamente complejo y extendido como es la violencia de género. Lo que no me acaba de gustar es que se trate de una ley sobre la violencia de género y no sobre la violencia de pareja. Al margen de que sea la mujer habitualmente la víctima y el hombre el agresor, hay otras situaciones, que no por menos frecuentes dejan de ser muy significativas, en que la mujer es la agresora y el hombre la víctima o en que los dos miembros de la pareja son homosexuales o lesbianas. Además, el concepto de violencia de género va más allá de la relación de pareja y se refiere también a mujeres que sufren vejaciones por el hecho de serlo, como ocurre en el caso de las agresiones sexuales extrafamiliares, de la explotación sexual o de la pornografía infantil. Estos aspectos, sin embargo, no están recogidos en la Ley de Violencia de Género.
   Tampoco me gusta que se haga una discriminación positiva sobre la mujer en el ámbito de la Ley. No parece razonable que unas infracciones (la violencia no habitual) se consideren como falta si la infractora es una mujer y como un delito si el infractor es un hombre. Tampoco parece lógico que, según establece la Ley, los jueces  tengan que decretar de forma imperativa el alejamiento del agresor de la víctima cuando hay una condena de maltrato, sin que se atienda a las peculiaridades específicas de cada caso. En otras palabras, el alejamiento tiene un pleno sentido de protección a la víctima en unos casos, pero no en otros.
   En cualquier caso, y al margen de estas limitaciones, creo que se trata de una ley con una gran potencialidad. De lo que se trata es de poner los medios para llevarla a la práctica. Y eso no ocurre en todos los casos. Por ejemplo, cuando un juez establece la suspensión condicional de la condena a un agresor porque la pena establecida es inferior a 2 años de prisión, debe prescribir, como regla de conducta, el tratamiento psicológico del agresor. Y esto, por desgracia, no se cumple casi nunca porque los jueces, salvo excepciones, no saben a dónde enviar a los agresores para ser tratados.
   ¿Y qué podemos predecir respecto al futuro? La Ley de Violencia de Género no ha conseguido frenar la sangría de asesinatos, pero aún es muy pronto para hacer un balance de esta ley. Lo que no se debe hacer es pedir a las leyes lo que las leyes no pueden dar. El reto de futuro más importante es la prevención, sobre todo a nivel educativo. Se trata de establecer un plan real de igualdad en la familia y en la escuela entre chicos y chicas, de enseñar a los chicos a considerar inaceptable el ejercicio de cualquier tipo de violencia o coacción y a respetar en todo momento la decisión de las chicas y de adiestrar a las chicas a detectar las posibles señales de alarma en relación con los chicos. Cuando la mujer tiene una mayor capacidad de elección es al comienzo de la relación, cuando no hay otro tipo de hipotecas y cuando se está en una fase de exploración mutua. Es entonces cuando la mujer puede conocer, más allá de los sentimientos y de la pasión del noviazgo, el grado de compatibilidad de sus expectativas con las del hombre y adoptar una decisión en consecuencia (continuar o cortar con la relación). Así, puede observar esas posibles señales de alarma de violencia futura: accesos de ira intensos y frecuentes, celos desproporcionados, intentos reiterados de control de su conducta, conductas humillantes, actos de crueldad, abuso de alcohol y drogas, etcétera.


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Enrique Echeburúa