Antonio Sánchez González.
Psiquiatra. Consejero Asesor de la Fundación Instituto de Victimología.
I. RESPUESTAS DE LAS VICTIMAS
Ante cualquier acercamiento profesional a personas que han sufrido un acontecimiento traumático relevante debemos tener presente que sus respuestas emocionales han quedado alteradas; uno de los cambios más significativos se produce en la relación interpersonal. La vivencia que tienen en el encuentro con el otro, aunque lo que se le ofrezca sea ayuda, está profundamente impregnada de la vivencia traumática y de las reacciones que han tenido diversas personas significativas ante ella. Para comprender las intensas reacciones que, en ocasiones, presentan las víctimas ante los profesionales, hemos de considerar que el trauma provoca una actitud extrema, como de vida o muerte, con una polarización absoluta en buenos y malos donde los neutrales o los indecisos son vividos como victimarios.
Es interesante tener en cuenta la posición que planteó Martin Seligman al señalar que la indefensión debilita la motivación para iniciar respuestas; "las pruebas experimentales muestran que cuando un organismo ha experimentado una situación traumática que no ha podido controlar, su motivación para responder a posteriores situaciones traumáticas disminuye. Es más, aunque responda y la respuesta logre liberarle de la situación, le resulta difícil aprender, percibir y creer que aquella ha sido eficaz; los acontecimientos incontrolables disminuyen la motivación para iniciar respuestas voluntarias que controlan otros acontecimientos". Vemos así como la incontrolabilidad distorsiona la percepción del control llevando a la víctima a infravalorar sus capacidades, conocimientos y recursos.
La capacidad de confiar queda profundamente alterada como consecuencia de la experiencia traumática; se generaliza la desconfianza, sintiendo que nadie será capaz de poder entender la complejidad de sus emociones y sentimientos, por los que la propia víctima se encuentra desbordada. La desconfianza se ve acrecentada por las distorsiones perceptivas que se han generado tras el trauma y, en muchas ocasiones, por un desequilibrio perceptivo en el que, junto con grandes déficits de comprensión en áreas elaboradas (lenguaje, pensamiento abstracto), se produce una percepción extremadamente sensible y sutil de la comunicación no verbal y no consciente. La conjunción de la desconfianza con los desequilibrios perceptivos conlleva una malinterpretación constante de los motivos y de las reacciones de los demás, incluyendo a las personas que se les acercan para ofertarles ayuda.
La reexperimentación del trauma puede conllevar la necesidad de ubicar a cualquier persona que se acerque en el papel del agresor; se actualiza así el momento en que la víctima se sintió sola frente a un mundo que le agredía. Esta compulsión a la repetición trata de encontrar una solución, de forma muy ineficaz, a la diada establecida entre agresor o agresores y la víctima; esta percepción de los demás como agresores es universal y, por tanto, independiente de la actitud de la persona que se les acerca. No podemos dejar de señalar cómo esta repetición puede llevar a que la víctima fuerce, de forma no consciente, la aparición de conductas o actitudes hostiles hacia ella.
La respuesta de huida, que es adaptativa y protectora, pierde toda su eficacia cuando se generaliza; la necesidad de dejar fuera, de lograr la inexistencia del trauma, conduce a la evitación de cualquier contacto con todo aquello que pueda evocarlo. El hecho de recibir atención y ayuda conectará con la vivencia traumática y, por tanto, se elude; el esfuerzo por evitar pensamientos o sensaciones tiene una potencia superior al deseo y la necesidad de ayuda.
Vemos muchos casos en los que la vivencia del trauma no se integra dentro de la historia personal, se mantiene independiente e inalterada, se transforma en una experiencia contemporánea que se reedita en cada nuevo contacto personal; esta fijación en el trauma impide la experimentación de sensaciones gratificantes que podrían ayudar a compensar, de alguna forma, el dolor interno; desde el exterior es fácil vivir esta fijación como un deseo de la víctima de no ser ayudada y de querer quedarse en su situación.
Tras sobrevivir a una atrocidad se instaura una dialéctica entre el recuerdo y el olvido, entre la negación y la hiperpresencia, entre la reexperimentación y la evitación, entre la amnesia y la hipermnesia, entre el deseo de ocultar y de desvelar lo vivido, entre el secreto y la divulgación; se produce una fragmentación del discurso, pérdida de la secuencia del recuerdo, dismnesias, dificultades de atención y de verbalización que hacen difícilmente comprensible su relato y que generan un distanciamiento por parte de aquellos que les escuchan.
La pérdida de la seguridad básica conlleva una vivencia continua del entorno como peligroso, como totalmente fuera del control personal; se generaliza la amenaza, se exacerba la suspicacia, se magnifican las preocupaciones y como señalamos previamente, se da una vivencia escindida del mundo en el que muy pocas personas son consideradas como ayudadoras y el resto del mundo es vivido, en mayor o menor medida, como enemigo o victimario. Esta posición genera, inevitablemente, actitudes de rechazo por parte de los que se acercan a la víctima
II. REACCIONES DE LOS PROFESIONALES
1. Sobreimplicación y rechazo.
Entre estos dos extremos oscilarán las actuaciones de los profesionales ante las víctimas, siempre con una peligrosa tendencia a colocarse en uno de ellos o dar un tremendo giro de uno a otro. Resulta obvio que el rechazo, en las múltiples formas en que se puede realizar, será dañino para la víctima; quizás, por no resultar tan claro es más necesario reparar en los peligros que surgen del acercamiento excesivo, de la sobreidentificación y, por tanto, de la implicación que sobrepasa los límites de la profesionalidad y que dejará de cumplir su función esencial, que debe ser la ayuda.
Nos movemos en un campo en el que la neutralidad resulta especialmente dificultosa, siendo ésta absolutamente imposible en los casos en los que la victimización proviene de la acción de otro ser humano; asumir que la equidistancia es imposible nos puede ayudar a mantenernos en nuestra posición de profesionales. La víctima necesita partidarios, amigos, personas especialmente cercanas e incluso incondicionales, pero a la vez y aun más difícil de encontrar que esto, necesita una ayuda profesional que le permita salir de la posición de víctima y pasar a ser alguien que ha sufrido un daño, tremendo en muchos casos; una ayuda que le permita desembarazarse de la continua reedición del trauma en que se ha convertido su vida. Es difícil, pero es imprescindible, lograr una actuación que, aunque inevitablemente mantendrá una tensión dialéctica entre el acercamiento y la distancia, tendrá que tratar de conseguir la presencia conjunta de una posición crítica que no sea devaluadora y una posición cercana que sea empática y comprensiva.
2. Negación.
Son múltiples los aspectos que son negados en relación con los traumas. Como señala Irwin Hoffman, es muy humana esta protección: “la ansiedad catastrófica, el terror absolutamente debilitante, es siempre racional, mientras que su ausencia es siempre irracional. Así pues, investir y disfrutar de la vida significa, en cierta medida, evitar pensar en la muerte; implica vendarse los ojos, protegerse a través de un muro defensivo”. Las formas en que llevamos a cabo estas negaciones son muy variadas y, en algunos casos, extremas. Podemos pensar que lo que le ha ocurrido a la persona que atendemos no nos podría ocurrir a nosotros, o que al menos nuestra reacción sería totalmente distinta; el que seamos profesionales nos conferiría una barrera protectora en la que rebotarían los traumas y sus secuelas; de forma paralela colocamos a la víctima en un papel de indefensa, débil e incapaz, que secundariamente nos sirve para reforzar nuestra autopercepción como fuertes y capaces.
En ocasiones la magnitud de las atrocidades que se nos muestran nos lleva a pensar que sean imposibles, pensamos que son historias inventadas por las víctimas a quienes les atribuimos, sin más, una gran capacidad para fabular; siendo más generosos, no dudamos absolutamente de la historia que nos relatan pero pensamos que, de alguna forma, está siendo magnificada. Minimizamos el daño que se nos presenta y una de las formas de hacerlo es la frecuente atribución de actitudes rentistas, con una exhaustiva búsqueda de las ganancias secundarias en un intento de explicar la complejidad de las reacciones traumáticas desde ahí.
3. Confusión entre nuestras necesidades y las de la víctima.
El desvalimiento de la víctima lleva aparejada una tendencia a pensar que no es capaz de hacerse cargo de su vida y que ignora qué es lo que necesita; se puede producir aquí un intento de traspasarle nuestra forma de entender el mundo confundiendo lo que son nuestras necesidades con las de ella. Podemos tratar de que lleve a cabo acciones o respuestas muy alejadas de sus capacidades, que únicamente responderán a nuestra urgencia por solucionar algo que nos resulta inasumible.
Cuando nos colocamos en el papel del rescatador incrementamos la indefensión de la víctima arrebatándola el control sobre su propia existencia, nos ubicamos en un rol en el que nosotros sí sabemos lo que la conviene; llegamos a una posición absolutista en la que podríamos formular: -todo por la víctima pero sin la víctima-. Impedimos así que construya el eje central sobre el que girará la integración del trauma y que es la recuperación del control de su vida. La omnipotencia, que puede necesitar el profesional, se puede identificar fácilmente con la necesidad de la víctima de tener alguien que la provea de seguridad, pero esta seguridad, para que sea eficaz, debe provenir de una relación humana y no del contacto con un ser al que se considera superior e inaccesible, con una deidad omnipotente.
Un campo en el que fácilmente se puede intentar imponer ideas, sin valorar suficientemente la complejidad de la persona que ha sufrido un daño, es el de la búsqueda de una reparación social o, en otros casos, el de tratar que exista un ocultamiento de todo lo ocurrido; en ambos casos es imprescindible discernir entre lo que son nuestros deseos de justicia o nuestros temores sociales, de los de la víctima.
La presión social, que es especialmente relevante en algunos traumas concretos, es percibida esencialmente por el profesional que tiene que moverse en un campo en el que socialmente se manejan mensajes contradictorios, la polaridad que suscitan los acontecimientos traumáticos conllevan el mantenimiento simultáneo de posiciones sociales alejadas e incluso dicotómicas, y que tienen que ser estas contradicciones compatibilizadas con los sentimientos propios, dicotómicos y contradictorios a su vez. Se impone así una urgencia de respuesta que está totalmente alejada de los deseos y necesidades del traumatizado.
No es infrecuente que confundamos nuestro anhelo de saber, de conocer todos los detalles de lo ocurrido, satisfaciendo así nuestra curiosidad, con la conveniencia y el supuesto beneficio, que supone el relato por parte de la víctima de lo que le ha ocurrido.
Podemos ubicarnos como unos espectadores privilegiados, que tienen acceso a historias que superan las literarias y cinematográficas y en esta posición de voyeur llevar a cabo interrogatorios que van más allá de lo necesario, buscando detalles que no aportan nada en nuestra labor profesional.
4. Trastornos consecutivos al trauma.
Aunque pudiera parecer obvio es necesario señalar que los profesionales relacionados con las víctimas pueden padecer las mismas alteraciones psicopatológicas consecutivas a un trauma que cualquier otra persona; en algunos momentos parece traslucirse que existiría una inmunización ante los traumas, ya que la profesionalidad nos colocaría al margen del resto de los seres humanos. No podemos olvidar que en ocasiones la participación de los profesionales, que han sido ellos mismos víctimas de un acontecimiento traumático, conlleva una acumulación de nuevos traumas. El colocarnos fuera, exentos de repercusiones psicopatológicas, impide considerar la necesidad de labores preventivas, y hace que no se tengan en cuenta los trastornos hasta que son altamente disruptivos.
La exposición contínua a historias que muestran, por un lado la maldad y las atrocidades que podemos perpetrar y por otro la extrema fragilidad que tenemos los seres humanos puede llevar aparejada una dificultad en mantener las creencias básicas que planteó Ronnie Janoff-Bullman como fundamentales: creencia en la invulnerabilidad personal y la percepción del mundo como significativo; predecible y justo. Los profesionales que trabajan con víctimas pueden sentir un desvalimiento personal, viviendo como extremadamente viable la posibilidad de recibir un daño externo; puede cambiar la percepción del mundo sintiendo la injusticia y la impredicibilidad como los ejes sobre los que giran nuestras vidas.
En algunos momentos, aunque sea de forma parcial, el profesional acepta que tiene una alteración emocional; una de las formas de explicar es la atribución a aspectos organizativos de su trabajo, a la estructuración laboral y a sus carencias del origen de su malestar; se deja así al margen de la repercusión que tiene en cada uno de nosotros las tragedias con las que convivimos.
5. Traumatización vicaria
Lisa Mac Cann y Laurie Pearlmann desarrollaron este concepto, dentro de una teoría constructivista de desarrollo del self, que de alguna forma trata de ser el marco en el que se encuadran las distintas reacciones de los profesionales. Plantean cómo el trabajo o la visión de un material doloroso de personas traumatizadas origina, a menudo, en los terapeutas, cambios en los esquemas de creencias, expectativas y asunciones acerca de si-mismo y de los otros. Las emociones ligadas al trauma que relatan los pacientes pueden ser incorporadas a la memoria y a los sistemas de memoria de los terapeutas. La traumatización vicaria es conceptualizada desde esta posición como una reacción normal y no patológica ante el trabajo, extremadamente estresante y en ocasiones traumatizante, con las víctimas; se engloban aquí un amplio conjunto de reacciones que son consideradas en término de proceso y no como un acontecimiento único.