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La salud mental de los menores afectados por la violencia terrorista
Antonio Ceverino Domínguez.
Psiquiatra. Director Científico de la Fundación Instituto de Victimología.

   Entre el 20 y el 50% de los niños en Estados Unidos son víctimas de la violencia dentro de sus familias, en la escuela o en sus comunidades (1,2). Debido a las tasas, cada vez mayores de violencia en nuestras sociedades (3) las autoridades sanitarias de este país la han declarado como uno de los problemas de salud pública más importantes (4). Un caso particular lo constituye la violencia terrorista. El terrorismo es definido por el Departamento de Defensa de USA como “el uso calculado de la violencia o de la amenaza de violencia para inculcar el miedo en la población, con el objetivo de ejercer coerción o intimidación sobre gobiernos y sociedades en la persecución de metas que son generalmente políticas, religiosas, o ideológicas”. Así pues, el objetivo de la acción terrorista no es únicamente producir una destrucción visible, sino infundir miedo psicológico e intimidación durante los periodos de paz o conflicto. Este efecto “invisible” pero trágico obtiene la debida resonancia en los medios de comunicación atraídos por la posibilidad de lograr efectos emocionales impactantes en el público (5). Otras características genuinas de la violencia terrorista son la gran magnitud de sus efectos (con un número de afectados, fallecidos y heridos, muy extenso), el carácter intencionado (debido a la mano del hombre, a diferencia de los desastres naturales o los errores humanos) (6) y permanente de la amenaza terrorista (con una duración igualmente impredecible). Algunos autores han demostrado que la selectividad (atentados a víctimas concretas elegidas previamente) de las acciones terroristas influyen sobre el impacto en la esfera social de éstas. Cuanto menos indiscriminado sea un atentado más se afecta el ámbito de las relaciones sociales de la víctima, y se pueden producir más fenómenos de segregación, aislamiento y falta de apoyo. Por el contrario, cuanto más indiscriminada sea una acción terrorista mayor apoyo reciben las víctimas, porque el terrorismo constituye en este caso una amenaza potencialmente global sobre toda la sociedad.
Diversos estudios han demostrado que las víctimas de atentados terroristas tienen niveles de salud mental inferiores al de la población general (7), y que estas formas de malestar psicológico resultantes a menudo evoluciona hacia la cronicidad (8-11). Para otros autores incluso, los atentados, debido a las características tan particulares de la violencia terrorista, son las experiencias traumáticas que más se relacionan con el desarrollo de un trastorno por estrés postraumático (12,13) (PTSD), aunque las cifras de prevalencia encontradas son muy variables debido a la heterogeneidad de las muestras (que incluyen a veces a militares, a policías o a civiles), al tiempo transcurrido tras el atentado, a la diversidad de instrumentos de evaluación empleados y a la propia debilidad del constructor de trastorno por estrés postraumático.
Existen aún pocos estudios sobre los efectos de los atentados terroristas en los niños, y se acepta en general que las secuelas psicológicas de las acciones terroristas en niños no han sido aún todavía suficientemente estudiadas (14). La revisión de Fremont (15) recoge los trabajos realizados sobre los afectos por los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2002, los atentados con bomba en Oklahoma en 1995, los ataques con misiles Scud y otras actividades terroristas en Israel, los efectos del terrorismo de estado ocurrido en Guatemala entre 1981 y 1983, y la actividad terrorista en Irlanda del Norte. El trabajo concluye que las reacciones psicotraumáticas en los niños son muy variables, desde simples preocupaciones y problemas de memoria que se disipan con el tiempo y el apoyo emocional hasta casos más graves de menores severamente traumatizados o sujetos a experiencias traumáticas más crónicas.
Así, en las reacciones psicotraumáticas en niños hay que tomar en consideración la edad del menor y del grado de madurez psicológica. Los menores de 5 años pueden presentar conductas regresivas como enuresis nocturna, chupeteo del pulgar o miedo a la oscuridad, dificultades que pueden alcanzar mayor severidad si son separados de sus padres. En el periodo de latencia podemos encontrar problemas atencionales y deterioro del rendimiento escolar, ansiedad que puede expresarse en fobia escolar, quejas somáticas (sobre todo cefaleas y gastralgias), miedos irracionales, problemas de sueño, pesadillas, irritabilidad y accesos de ira. En ocasiones puede encontrarse clínica depresiva o retraimiento. La respuesta psicotraumática de los adolescentes es más similar a la del adulto, e incluye pensamientos intrusivos, hipervigilancia, embotamiento emocional, conductas de evitación, pesadillas, alteraciones del sueño y otros síntomas psicológicos equiparables al trastorno de estrés postraumático del adulto. En estas edades se encuentra además, como ocurre igualmente en los mayores de edad, un riesgo incrementado de conductas adictivas, depresión y problemas de pareja. El trauma en ellos se asocia a menudo con intensos sentimientos de humillación e impotencia, vergüenza y culpa. Las tasas de trastorno por estrés postraumático encontradas en niños afectados por la violencia terrorista oscilan en un rango de 28 a 50%. También han sido identificado otros problemas psiquiátricos en una amplio abanico de reacciones psicotraumáticas en los menores víctimas de violencia terrorista, incluyéndose la depresión, ansiedad, cambios en el humor, trastornos del sueño, ansiedad de separación y alteraciones de la conducta. Este hecho indica que la exposición en menores a acontecimientos traumáticos de este tipo incrementa el riesgo de padecer en el futuro un amplio abanico de alteraciones psicopatológicas (16,17).
Otro aspecto se refiere a la temporalidad de las reacciones psicotraumáticas en los menores. La respuesta emocional al trauma en los niños se puede instaurar en los momentos inmediatos al mismo o puede aparecer más tardíamente.
Así, por un lado, es sabido que los niños que desarrollan síntomas de estrés postraumático inmediatamente después de la exposición al terrorismo a menudo continúan manifestando dichos síntomas de PTSD durante un tiempo prolongado, incluso aunque la actividad o amenaza terrorista haya cesado (18-23). Por otro lado, hay autores que enfatizan el carácter más aparatoso de las reacciones postraumáticas agudas en niños y del mejor pronóstico en ellos de las reacciones tardías. Y otros, como Nader et al. (24) estudiaron la severidad de las reacciones postraumáticas de niños de 14 meses después de la exposición a ataques de francotiradores, y observaron que precisamente los niños que no reunían criterios PTSD en el momento del acontecimiento traumático presentaron un riesgo incrementado de desarrollar otros problemas psiquiátricos, incluyendo depresión, ansiedad, problemas conductuales (irritabilidad, agresividad) y dificultades del desarrollo (25-27). Yaicox et al. (28), en la misma línea, demostró con una muestra de 1004 niños inmigrantes (8-15 años) que si los síntomas PTSD permitían predecir la exposición a la violencia reciente y pasada, los síntomas depresivos eran sólo predictores de la victimización reciente. Sack et al. también comprobaron que la depresión está relacionada con los estresores recientes, mientras que el PTSD se asociaba a exposición a acontecimientos traumáticos anteriores en el tiempo.