Adicionalmente, otros autores alertan del mayor riesgo encontrado en los niños que han experimentado la
muerte o las lesiones graves de otros miembros de su familia (48)
, encontrando Elbedour y cols. las mayores tasas de PTSD en niños que habían perdido a sus padres (49). Efectivamente, los niños doblemente expuestos tanto a la acción directa de la acción violenta como a pérdidas de familiares y la deprivación afectiva resultante presentaron más síntomas psicológicos postraumáticos que los que sólo habían sufrido el acontecimiento traumático y no habían perdido a padres o familiares (50). Estas circunstancias tienen una relación muy directa con los factores familiares que tienen un efecto protector sobre el desarrollo de secuelas psicológicas en los niños traumatizados y que aumentan la resiliencia, que han sido identificados por diversos autores: la relación estable, segura y cálida con al menos un padre, un modelo parental con mecanismos constructivos de seguridad y la proximidad física entre los niños y sus padres. También han sido estudiados los efectos de los
cambios de domicilio familiar secundarios al acto terrorista, encontrándose que los niños cuyas familias habían sido desplazadas a causa de la guerra y la violencia política tenían niveles de sintomatología psiquiátrica mayores (51). Sin embargo, los desplazamientos no han demostrado tener este efecto nocivo sobre los niños sometidos a otros eventos traumáticos no relacionados con la guerra, como los desastres naturales (52,53), lo que ilustra la importancia del grado de apoyo social y de las influencias positivas de la comunidad (54-57). Un trabajo de Baca y cols. (58), realizado sobre una muestra de afectados por la violencia terrorista en España, en un contexto de polarización de la sociedad del País Vasco español donde los agresores han encontrado en ocasiones justificación y apoyo en algunos sectores de la población, ilustra la importancia del apoyo social a las víctimas. Los autores demostraron que cuando el apoyo familiar a la víctima era percibido por ésta como escaso, insuficiente o nulo, aumenta significativamente el riesgo de presentar alteraciones psicopatológicas postraumáticas.
La respuesta psicológica de los niños a la violencia terrorista está muy influenciada por
las reacciones de los padres al mismo trauma (59-61), encontrándose una correlación positiva entre la sintomatología de los niños y de sus padres (62). Concretamente, la depresión materna y la respuesta negativa al evento traumático está relacionado con una morbilidad incrementada en los niños que sufren la violencia terrorista en Israel y Palestina (63), y la expresión emocional negativa en los padres se asocia a niveles superiores de distrés en sus hijos (64). Esta asociación entre los síntomas de la madre y sus hijos es más poderosa en las edades más precoces (3-4 años), aunque también se ha demostrado que los adolescentes que después de un conflicto bélico habían podido reestablecer contacto con miembros de su familia tenían menos síntomas psiquiátricos (65). Ciertamente, los atentados terroristas afectan profundamente también a los adultos, y, en ocasiones, los padres y los profesores carecen de la capacidad para proporcionar el apoyo y la seguridad necesaria para evitar el daño emocional potencial que puede sufrir el menor en el futuro. Otros estudios han advertido que los padres pueden infraestimar las reacciones de sus hijos (66).
La investigación de las reacciones emocionales de los niños a los
ataques terroristas del 11-S confirman los resultados de investigaciones previas. El grado de exposición, la proximidad a la
zona cero, la asociación con las reacciones de los padres, la experiencia indirecta del trauma (incluyendo la cobertura informativa en los medios de comunicación) y la historia de traumas previos se asociaron con un incremento de los síntomas de ansiedad (67). Susser y cols. (68) evaluaron a 8266 niños del área metropolitana de Nueva York, encontrando que la incidencia PTSD se había incrementado del 2% al 10.5% con posterioridad al 11-S. Los niños que residían fuera de la ciudad presentaron una prevalencia de síntomas de PTSD y de otros problemas psiquiátricos (depresión, crisis de pánico, ansiedad y problemas conductuales) similar a la de los niños que residían en la ciudad. El diagnóstico de ansiedad de separación se multiplicó por dos, y el de agorafobia se vio triplicado. Schuster y cols. (69) entrevistó a 560 adultos 3-5 días después del 11-S, y el 35% informaron que sus hijos tenían uno o más síntomas de estrés, 47% observaron que sus hijos estaban preocupados acerca de su propia seguridad. La probabilidad de encontrar síntomas en los menores estaba relacionada con la intensidad de las reacciones de estrés en los padres. En los menores que habían visto libremente la televisión, el número de horas de televisión estaba relacionado con el número de síntomas de estrés referidos por los padres.
En resumen, muchos de los efectos psicológicos inducidos por el terrorismo en menores son
similares a los producidos por otros eventos traumáticos, incluyéndose tanto síntomas agudos como de trastorno de estrés postraumático, depresión, ansiedad y otros trastornos mentales. La respuesta varía en función de la edad del menor, el grado de exposición, la existencia de pérdidas o fallecimientos de familiares, los antecedentes de traumas previos y las reacciones y el apoyo de los padres y la comunidad (70). Otro rasgo que diferencia el impacto psicotraumático de las acciones terroristas es el efecto profundo de terror que inducen dichas acciones en los adultos, y, en consecuencia, las dificultades que los padres y el entorno presentan para proporcionar apoyo y seguridad a los menores. El impacto multiplicador que provoca la cobertura informativa de los atentados exacerba la experiencia traumática en los menores. La información televisada constituye una auténtica exposición secundaria al trauma y es responsable de un cierto
efecto dominó, de forma que un gran número de niños no expuestos directamente a la actividad terrorista resulta igualmente afectado. La vaga e impredecible amenaza terrorista agudiza las ansiedades subyacentes (71) y contribuye a crear un estado de estrés y ansiedad crónica en ellos (72).
Un último aspecto interesante, aunque no relacionado con el objetivo de este trabajo, se refiere a la traumatización secundaria que sufren los adultos que conviven o trabajan con niños que han sido víctimas (73), de forma que han sido descritos niveles incrementados de distrés vicario en policías y terapeutas debido a los sentimientos de impotencia y horror ante la contemplación de las atrocidades inflingidas a los menores (74,75).