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Presentación de la Sociedad Madrileña de Victimología
Intervención
SOCIEDAD MADRILEÑA DE VICTIMOLOGÍA

Enrique Baca Baldomero.
Catedrático de Psiquiatría Universidad Autónoma de Madrid

Fundación de Ciencias de la Salud.
Madrid, 31 de Enero de 2005.


   Quiero expresarles en primer lugar mi satisfacción por estar aquí ésta tarde y mi agradecimiento a los organizadores del acto por invitarme a intervenir.
   Hablar de víctimas y de victimología en los momentos actuales en nuestro país es difícil. Y es difícil hacerlo por el riesgo de contaminar lo que parece una condición básica para adentrarse en unos temas que, desgraciadamente, se han convertido en el centro de la atención mediática y social en los últimos tiempos. Esta condición básica no es otra que la aproximación radicalmente racional que es necesaria para afrontar cualquier problema en el que el dolor humano esté implicado. Aunque insistiré en esto, quiero decirles ya claramente que esta llamada a la racionalidad es incompatible con cualquier intento de manipulación y utilización (sea quien sea el que los realice) y con las visiones que nacen precisamente del dolor y de la indignación.
   Expliquemos esto: Todo el mundo comprende que la manipulación y la utilización son un elemento negativo en el análisis racional de cualquier realidad, pero no siempre se entiende que las reacciones de dolor y de indignación pueden ser, al mismo tiempo comprensibles y legítimas pero también generadoras de confusión y, desde luego, distorsionantes de la realidad que se pretende entender.
   Esta es por tanto la primera premisa que me gustaría dejar bien establecida ante ustedes en el momento en que esta Sociedad Científica comienza su andadura: la actitud radicalmente racional de su tarea y su distanciamiento, tanto de la interpretación interesada de los hechos y de los datos, como de la reacción emocional ante los mismos.
   Vivimos en un mundo hostil (quizá no más que el que vivieron todas las generaciones históricas que nos precedieron) en el que las malas noticias se nos sirven a la hora de la comida y de la cena en nuestra propia casa con imágenes y con sonido. No podemos ignorar este hecho que sí nos separa esencialmente de los tiempos pasados. Ahora todos tenemos el triste privilegio de conocer, prácticamente en tiempo real, todas las desgracias, agresiones, matanzas y catástrofes que asolan a nuestros semejantes cerca y lejos de nosotros. Al día siguiente los medios de comunicación escritos nos ampliarán los detalles y posteriormente se perfilarán opiniones, quejas, atribuciones y sospechas sobre todos los aspectos de la terrible noticia de que se trate. En la medida que ésta sea de una mayor importancia y gravedad, la atención mediática se prolongará en el tiempo y en la medida que los elementos “noticiables” sean más escasos, se extinguirán las noticias y con ellas, el interés social. Nosotros sabemos que los que han sufrido las consecuencias del hecho traumático no siguen necesariamente el mismo proceso de evolución. Para ellos el impacto, su afrontamiento y su resolución no dependen del interés suscitado en el resto de la población y aireado por los mass media. Es un proceso independiente que depende de las circunstancias del hecho y de las características de la vida y de la personalidad del que lo sufre.
   Es bien cierto sin embargo que, en ocasiones, la relación entre la reacción individual y el impacto mediático puede ser interactiva: si las noticias, la atención social y el interés despertado son intensos y mantenidos, el afectado, en tanto sujeto individual, puede verse alternativamente confortado y removido, atendido y olvidado, reconocido y manipulado. Es un proceso complejo del cual intuimos muchas cosas pero sabemos pocas con certeza.
   Pero no olvidemos que las víctimas también lo son de “tragedias privadas”. Y con esto queremos decir tragedias que no salen a la luz pública, que no merecen la atención mediática.
   Tras los atentados en los Estados Unidos de América y, con un refuerzo terrible en nuestro país a partir del atentado del 11 de Marzo de 2004, el mundo parece haberse despertado descubriendo que las víctimas existen. Se ha producido un fenómeno insólito de “popularización” del hecho traumático, sin precedentes.
   Pero las víctimas existían antes del 11-S y del 11-M. Las catástrofes, los accidentes, las masacres, los asesinatos y las violaciones estaban ahí y parecía que no suscitaban excesivo interés ni movilizaban a sectores significativos de la sociedad. Solo quizá eran noticias que se leían con un ambivalente interés y despertaban un “horror limitado”, una reacción que todos querían olvidar lo antes posible. Resulta duro decirlo así, pero el proceso de victimización quedaba reducido a un “asunto privado” del que lo había sufrido y, para el resto, una vez satisfecha la curiosidad y menguados los sentimientos (porqué no, auténticos) de horror, indignación y solidaridad, el impacto se diluía y el asunto se olvidaba. Y eso si nos referimos a los casos en que la situación ascendía a la categoría de noticia que, no lo olvidemos, son los menos.
   Ustedes se habrán percatado de que sigo refiriéndome a las reacciones del grupo social ante el hecho traumático que ha producido víctimas y ante estas mismas. Pero por muy importante que éste sea, no es lo que más me interesa destacarles aquí, porque creo sinceramente que no es, no debe ser, el principal cometido de cualquier grupo científico que se preocupe y trate de investigar qué es lo que sucede en estos casos.
   Hay dos hechos que estorban sistemáticamente en la investigación victimológica: uno es la fascinación por el agresor y el segundo la fascinación por la reacción social.
   Me dirán ustedes que ambos tipos de fascinación están justificados y no dudo que tendrán razón. Lo que quiero señalarles es que ambas fascinaciones cumplen a veces una función espuria que hay que vigilar: la que supone poner en marcha una espesa cortina de humo que nos oculta a los que deberían ser los auténticos protagonistas de nuestra atención: las víctimas, ya sean directas o indirectas, del hecho traumático.
   Según tengo entendido, la Sociedad Científica que nace esta tarde aquí, en este acto, tiene como objetivo principal “promover la investigación en victimología” sin renunciar, como es lógico, a los dos correlatos imprescindibles de dicho objetivo: el intercambio de experiencias entre los profesionales y la divulgación del conocimiento generado.
   Esta voluntad de centrarse en la víctima y priorizar el estudio de la fragilidad y de la resistencia del ser humano ante la adversidad traumática, de las formas y razones por las que sucumbe ante ella y de los mecanismos mediante los cuales puede sobreponerse y trascender positivamente a la desgracia sufrida, de las maneras como puede minimizarse el fracaso y potenciar la resistencia, del papel que juega la naturaleza e intensidad del trauma y también de la medida en que el ambiente y la respuesta del mismo actúan positiva o negativamente en el proceso, habrán de ser, en una enumeración rápida e incompleta, los objetivos de la Sociedad.
   Sin duda también habrá de interesarse por conocer lo que se sabe y lo que se vaya sabiendo sobre los agresores y sobre las reacciones sociales, pero habrá de tener buen cuidado en no sucumbir antes las dos fascinaciones de las que antes hablábamos.
   Por todo ello quiero terminar mi intervención con algunas brevísimas e incompletas reflexiones sobre algunos de estos puntos.
   La primera se refiere al proceso de victimización o, si lo prefieren ustedes, al proceso por el cual un ciudadano que lleva hasta el momento una vida normal y similar a cualquiera de las nuestras, con sus alegrías, tristezas, logros y dificultades, se encuentra de repente con que un suceso traumático determina un cambio drástico en su existencia. Pensemos que, si el suceso es de suficiente intensidad o la capacidad de afrontamiento del afectado nuestro no es óptima, se le quiebra literalmente la vida.
   Sin embargo, este punto de partida, que parece tan simple, no lo es.
   Para empezar la víctima puede no serlo de un suceso agudo sino de una situación mantenida a lo largo del tiempo. En muchos casos la situación traumática no es puntual sino persistente y este hecho condicionará sin duda formas de adaptación y respuesta que diferirán de los casos en los que la situación traumática aparece de forma súbita y aplastante. También es bien sabido que la naturaleza y las circunstancias del trauma condicionan la génesis de la respuesta y la forma en que ésta se manifiesta. Por último, hay datos muy sólidos para pensar que el bagaje personal del afectado, su vida anterior, su personalidad, son factores que también intervendrán decisivamente.
   Pero también hay circunstancias y condiciones del hecho traumático que influyen de forma decisiva en el triángulo que se establece entre trauma, afectado y respuesta. Una de las principales se refiere a un hecho básico: hay víctimas con agresores y víctimas sin agresores.
   También en una aproximación simple, esto aparece como algo claro y definido: nadie piensa que en el tsunami del sudeste asiático haya agresores. La naturaleza, ese concepto tan familiar para todos y tan volátil en cuanto a su significación precisa, no es un agresor identificable en cuanto sus efectos no obedecen a una voluntad determinable.
   Pero aquí encontramos un primer fenómeno sorprendente: la víctima busca activamente la existencia de un agresor. Esta búsqueda tampoco es, en una primera visión, difícil de entender: la busca del agresor es la forma de personalizar el intento de comprender y asimilar algo que por su propia naturaleza aparece a los ojos de la víctima como profundamente arbitrario e injusto.
   En las culturas incipientes, la agresión de la naturaleza -las catástrofes naturales- son consideradas castigo de la divinidad. En las culturas evolucionadas en las que persiste un fuerte componente religioso, esta consideración se mantiene más o menos soterrada y matizada.
   En cualquier caso esta postura identifica un agresor, que, en este caso, es un agresor al que se le concede capacidad y razones para agredir. De esta manera, si un terremoto es un castigo divino, la responsabilidad no es del agresor -la divinidad- sino de los rebeldes agredidos que, con su comportamiento, “se lo han ganado”. Este pensamiento, que nos parece tan chocante, persiste, bajo formas muy pervertidas, en determinadas agresiones modernas. El ejemplo del terrorismo es una de ellas. Baste mencionar que para el terrorista las víctimas son culpables, por acción u omisión, de lo que les sucede y esto es más pronunciado e hiriente en la medida que el agresor se sienta mas cerca de la verdad absoluta, como sucede en los terrorismos de raíz fundamentalista, ya sea cristiana ya sea islámica.
   En las sociedades laicas, la búsqueda del agresor en las situaciones en las que éste no existe también se produce. Pero se produce bajo otro aspecto aparentemente más evolucionado: la búsqueda del responsable.
   El responsable no es ya el causante putativo de la situación traumática sino aquel que, por acción u omisión, no ha protegido a las víctimas. El responsable siempre es, en estas sociedades laicas, el poder público que no protegió, advirtió o palió los efectos de la catástrofe. Y esta responsabilización puede ser razonable o puede traspasar los límites de lo sensato. Es igual. Los afectados y sobre todo los portavoces de los afectados y los medios de comunicación siempre buscarán este tipo de responsabilidad. Cuando en España se dio la intoxicación masiva por aceite de colza, producto de unas maniobras claramente criminales de un grupo de desaprensivos, la extensión de la responsabilidad a la Administración que no supo evitarlo fué automática (y probablemente justa). Otras veces la imputación no parece razonable. Pero existe y se da.
   ¿Es un fenómeno negativo la búsqueda del responsable? En absoluto y debe quedar bien claro. El problema es que en esta búsqueda la víctima individual (la que nos interesa a nosotros o, al menos, a mí) corre el riesgo de quedar diluida entre los que acusan más o menos con “buena intención” (siempre hay alguien que se aprovecha de estas situaciones) y los que se defienden. En esta pelea la víctima gana poco y pierde casi todo.
   ¿Es que la víctima no quiere conocer al responsable y saber por qué lo hizo? Por supuesto que sí. Es una necesidad cuya importancia no se calibra lo suficiente y que no parece tener una clara representación en los procedimientos de defensa de la víctima, especialmente en las legislaciones de inspiración garantista como es la española.
   Pero este es un tema trascendentaI en la generación y protección de los mecanismos de adaptación a la situación traumática y puede convertirse con facilidad en factor negativo para la víctima. En el proceso de identificación y reconocimiento del responsable (tanto en las agresiones con agresor como en las agresiones sin agresor) se dan a veces mecanismos equiparables a lo que venimos llamando el proceso de construcción del enemigo y este proceso supone una visión maniquea de la realidad y destructiva de la identidad y de la capacidad personal de convivencia y perdón. He aquí uno de los campos de investigación que está, incomprensiblemente, muy escaso de aportaciones.
   ¿ Y en qué marco ha de entenderse todo esto? Bajo la idea de que todo el conocimiento obtenido ha de estar dirigido a su utilización en la consecución de un objetivo absolutamente prioritario: la aspiración que debemos mantener tozudamente ante cualquier proceso de victimización es que la víctima deje de serlo cuanto antes.
   ¿Pero podemos pretender que la víctima sea alguien racional, exquisito en sus juicios, solidario y propenso a comprender y a perdonar las circunstancias en que se le rompió la vida y a los que, de forma directa o indirecta, se la rompieron? Evidentemente esta pretensión es desmesurada. En las víctimas (tanto directas como indirectas, es decir tanto las que sufrieron en su propia persona las consecuencias del hecho traumático como las que vieron a sus seres queridos, a sus vecinos o incluso simplemente a otro ser humano sufrirlas) se movilizan poderosos sentimientos que son metarracionales y que no es posible ignorar. Son muchos y complicados y no los vamos a analizar ahora. Esta es precisamente una de las tareas pendientes en la investigación victimológica.
   Pero sí podemos poner algunos ejemplos: la arriba mencionada construcción del enemigo, los sentimientos de venganza o la tentación de instalarse en el victimismo, el hacer del “ser víctima” un modo de vida, son algunos de ellos.
   No hay que ponerles más ejemplos para que ustedes se den cuenta de que estamos ante aspectos cuyo abordaje supone casi penetrar en un “campo minado” en el que el observador que lo hace corre el riesgo de que su interés le estalle en plena cara. Se necesita prudencia, mesura y tiento para investigar y delimitar estos hechos y el probable riesgo que esto conlleva no justifica nunca que evitemos afrontarlo.
   Las reacciones del afectado se complementan con otras reacciones que es necesario conocer y controlar. Son las reacciones del observador (incluyendo provisionalmente en esta categoría a los cuidadores y a los profesionales implicados) y que suponen fenómenos tan interesantes como la sobreidentificación, el rechazo o la huida activa ante la víctima y/o el hecho y también las reacciones básicas de la sociedad que es espectador de los hechos y de sus consecuencias.
   Aquí el factor proximidad o identificación juegan, como no podría ser de otro modo, un papel decisivo. A las reacciones básicas como la curiosidad, el miedo, el hastío o el olvido, se unen mecanismos más complejos que van desde la institucionalización de la venganza (caso de la deuda de sangre de algunos países) a la expropiación total de la víctima de todo comportamiento y/o sentimiento que no sea dejar cualquier tipo de mecanismo reparador en manos de la justicia institucional.
   Todo ello configura el campo en el que la victimización se produce y en el que los sentimientos y consecuencias psicológicas y sociales tienen su asiento y su génesis.
   Ya se conocen muchas cosas sobre bastantes de esos aspectos, pero aún queda trabajo por hacer. Y hay que hacerlo, lo decía al principio, desde la más estricta racionalidad científica, a la que hay que exigir que distinga perfectamente cada uno de los elementos de este proceso que va, en un glissando imperceptible, desde la explicación de las acciones y de las conductas, a su comprensión y a su justificación.
   Detengámonos brevemente en este punto. Es importante que los científicos que se adentran en la victimología no confundan lo que en la vida real se presenta, desgraciadamente la mayoría de las veces, como una confusa amalgama: explicar una cosa no es comprenderla y comprenderla no es justificarla.
   Esto vale para las víctimas y para los verdugos, para los responsables y para las organizaciones sociales. Es cierto que si no sabemos explicarnos algo, tendremos dificultad para comprenderlo y que sólo si lo comprendemos aparecerá la tentación de justificarlo.
   La posición del científico ha de pararse en la primera etapa.
   Nuestra misión es explicar cómo, por qué y en base a qué mecanismos las cosas se producen. Comprender los sentimientos y las motivaciones es un paso que podremos hacer si estamos ante un caso concreto y actuamos desde nuestra respectiva esfera de responsabilidad profesional. Un psicólogo, por ejemplo, puede y debe comprender las motivaciones de su paciente en la medida que eso le permita adentrarse con más éxito en su vida y extraer de ahí datos relevantes para ayudarle. Pero la justificación (positiva o negativa, es decir la condena o la aprobación) de los hechos, en base a la comprensión, se corresponde a un nivel epistemológico distinto y, en mi opinión, en cuanto observadores exteriores, debemos abstenemos de ello. Justificar supone siempre un juicio de valor que debe sernos ajeno.
   Se me dirá que la gente justifica una gran cantidad de cosas, a veces sin saber explicar lo que pasa y mucho menos comprenderlo. Es verdad. Pero mantener separados estos niveles de intelección y de acción es una tarea que se le ha de exigir al científico y al profesional que se adentre en estos temas. Sin esta separación estricta y contundente podremos emitir opiniones, expresar nuestros sentimientos y lanzar nuestras ideas, pero no estamos haciendo lo que se espera de nosotros: una aproximación racional a un problema en el que, paradójicamente, brilla con una terrible fuerza la mas potente de las irracionalidades.
   No quiero cansarles más. La empresa que hoy acomete la naciente Sociedad de Victimología de Madrid en el marco de la Sociedad Española de Victimología y ésta a su vez encuadrada en la Sociedad Mundial, es una empresa difícil pero necesaria.
   El tiempo dirá si consigue mantenerse al margen de los reclamos de las sirenas y de las ingerencias interesadas que, sin duda y en razón directa a la autoridad científica que adquiera, se le presentarán en el camino.
   En estos casos releer a los clásicos suele ser de utilidad y el canto XII de la Odisea nos narra cómo Ulises les tapó con cera los oídos a sus remeros y como él, que era un insensato y quería oír a las sirenas, se hizo atar al palo mayor de su nave. Yo no soy partidario de la cera ni de las ataduras pero, quizás sí de mantenerse lejos de cualquier cosa que emita melodías sugestivas. Tras las seductoras propuestas suelen venir los naufragios.
   Muchas gracias.


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