Violencia y psicopatología
Enrique BACA BALDOMERO; María Luisa CABANAS ARRATE
El fenómeno de la agresividad constituye uno de los temas clásicos en el estudio de la conducta animal y humana. Los estudios que sobre la función social de la agresividad desarrollaron los etólogos en los años sesenta determina-ron que la agresión interespecífica tiene una finalidad utilitaria, en la medida que el ser vivo de otra especie es considerado como peligro o como alimento. Defenderse y alimentarse son funciones garantizadoras de la supervi-vencia del individuo y de la especie. Pero el análisis de la agresión intraespecífica planteaba otros problemas en la medida que el objetivo alimenticio quedaba muy reducido (salvo casos de canibalismo) y aparecían nuevos motivos en el desencadenamiento de este tipo de conductas. Así, la lucha por la pareja sexual, la defensa del territorio y la lucha por las posiciones sociales dominantes se introducen en el repertorio de hechos y situaciones que pueden provocar la agresión entre animales de la misma especie.
Sin embargo una de las características de la agresión intraespecífica es que no estaba, en ningún caso, dirigida a provocar directamente la muerte o lesiones graves en el otro animal e incluso el ritual de la agresión comprendía mecanismos de seguridad destinados a prevenir la posibilidad de que tal hecho sucediese por accidente. Todo ello ha sido descrito con claridad en el clásico trabajo de Lorenz, aunque necesariamente hemos de excluir de esta «nor-ma» los casos en los que la agresión intraespecífica se ejerce sobre crías propias o ajenas y que parecen tener finalidades eugenésicas y de control de la población.
Pero cuando analizamos las conductas de agresión en el ser humano el abanico de posibilidades, tanto en los me-canismos desencadenantes como en la forma, intensidad y resultados de la misma, nos encontramos ante un fenómeno infinitamente mas complejo. Aunque se pretenda, con cierto fundamento, que en el trasfondo finalista de la agresividad humana se encuentran los motivos ya descritos en el mundo animal (supervivencia, sexo y poder) no esmenos cierto que estos «motivos primarios» se ven sometidos a una profunda transformación fenoménica, entre otras cosas, por el proceso de simbolización inherente a cualquier conducta humana.
En cualquier caso es un hecho de observación que el repertorio de motivaciones inmediatas de la conducta agresiva es mucho más amplio en los seres humanos y que los mecanismos de control intraespecífico no funcionan con la efectividad automática que tienen en las demás especies animales. Fenómenos como el ensañamiento, la crueldad, la tortura o el homicidio largamente premeditado, por sólo citar los más prominentes, no tienen homólogos en las demás especies y aparecen como un triste privilegio de la nuestra.
Pero, como es lógico, el fenómeno de la agresión en el ser humano ha sido abordado desde el punto de vista del conjunto de la conducta y desde las estructuras biológicas y psicológicas que soportan dicha conducta. Cuando se habla de agresividad como disposición estructural o funcional para el desencadenamiento de la conducta agresiva se está planteando que esta disposición forma parte de la propia vida humana y remite a posibilidades latentes que existen en grado variable en todos los hombres y mujeres. La evidencia observacional de que esta disposición (la agresividad) no se da de igual manera ni con la misma intensidad, así como no se materializa en conducta agresiva de la misma forma ni con la misma frecuencia, ha llevado a pensar que las diferencias individuales han de tener un papel decisivo en la modulación de las conductas de agresión pero también ha planteado, con menor éxito hasta el momento, que estas diferencias no sólo actuarían como factor modulador sino que habría que atribuirlas también a disposiciones ¿ genéticas? específicas o, en todo caso, al desarrollo de pautas de funcionamiento y me-canismos neurobiológicos estables.
La polémica sobre el origen de estas diferencias no está ni mucho menos terminada. A la existencia de una fruc-tífera línea de investigación neurobiológica se une una extensa literatura científica sobre los componentes psico-lógicos y una creciente aproximación desde formulaciones más globales que implican el estudio de la personalidad como ámbito en el cual adquiere sentido la investigación de las conductas agresivas, y en las que éstas aparecerían como una de las resultantes de la génesis y desarrollo de la estructura que soporta la individualidad de cada ser humano. y parece claro que dicha estructura no es abarcable sino desde una consideración que intente, y consiga, englobar funcionalmente los aspectos biológicos con los que, provisionalmente aún, debemos seguir llamando «psi-cológicos». Quiere decir todo esto que muy probablemente, en el estudio de la agresividad y de la agresión en el ser humano, el abordaje habrá de hacerse desde el punto de vista de la construcción y funcionamiento de lo que venimos llamando personalidad y sus variantes.
Así pues la concepción más plausible nos lleva a enfocar el tema de la agresiv'idad humana desde el planteamiento de las estructuras personales de Ia conducta, considerando a la investigación específica de sus componentes bio-lógicos y psicológicos, así como a la posible participación de factores dependientes del ambiente en el que el sujeto se ha desarrollado, como elementos que confluirían en el desarrollo de determinadas pautas de conducta que ten-derían a devenir estables.
No cabe duda de que todo el estudio de la impulsividad, de suS fundamentos biológicos y de su modulación me-diante el aprendizaje, así como del indudable papel que tiene el desarrollo de los valores personales en el manejo de dichas tendencias impulsivas, formará una parte privilegiada en la investigación sobre cómo se produce el desa-rrollo de las personalidades que utilizan la agresión contra otros seres humanos como una forma de reacción esta-ble ante situaciones muy variadas, ya se presente dicha agresión como una conducta bien habitual o bien espo-rádica e incluso como una reacción aislada en momentos concretos.
Quizá sea importante dejar esto claro ya que la idea (cierta en cuanto posibilidad básica pero necesitada de mati-zación en cuanto a las probabilidades v condiciones de su materialización en Colnductas concretas de agresión) de que la agresividad es un componente «normal» de la conducta humana no debe ser confundida con la facilitación del los mecanismos de agresión en cuanto conductas reactivas expresas y mucho menos en cuanto conductas puestas en marcha sin provocación ambiental específica alguna.
Quiere decir esto que la potencialidad agresiva del ser humano necesita para convertirse en agresión explícita y puntual todo una serie de fallos en los mecanismos destinados social y culturalmente a mantenerla bajo control. En este control hay que incluir todas las formas en que dicha potencialidad puede ««socializarse» mediante los clásicos mecanismos de defensa del Yo (o como quiera que entendamos a los mismos) dando paso a equivalentes civiliza-dos del acto agresivo primario, entendido éste como la conducta destinada intencionalmente a causar daño físico en un primer paso (y la muerte en el paso siguiente) a otro ser humano.
El interés de la psiquiatría y de las neurociencias por los mecanismos y las bases biológicas de las conductas agre-sivas es clásico, amplio y ha originado una abundante cantidad de literatura científica de calidad, pero, por el con trario, el interés por el estudio de las repercusiones sobre el agredido ha sido comparativamente menor y, en con-secuencia, la producci(on cientifica sobre victimología es aún incipiente.
A pesar de ello y tras la revitalización de las venerables observaciones de finales del siglo XIX (en los accidentes de ferrocarril y en la Guerra de Secesión americana) por la clasificación de la American Psychiatric Association y su con-versión en el llamado ««trastorno por estrés postraumático» (TEPT), el
interés por las consecuencias sobre la víctima se ha despertado aunque bajo la mirada casi exclusiva de la identificación y estudio del TEPT y de sus fundamentos fisicos y psicopatológicos. No es ajeno a este hecho la circunstancia de la descripción de los efectos beneficiosos so-bre este cuadro de algunos psi cofarmacos. Todos somos conscientes de que el fomento de la investigación bio-lógica sobre determinadas patologías psiquiátricas está íntimamente liga do a los' progresos de la farmacología y que, de hecho, se produce una interacción potenciadora entre el descubrimiento y demostración de la acción tera-péutica de una molécula y la «popularización» de la investigación sobre una patología determinada. Esta circuns-tancia puede merecer juicios de valor distintos y presentar matices positivos o negativos, pero como tal hecho pare-ce fuera de discusión.
En cualquier caso el estudio psicopatológico y psiquiátrico de la víctima desborda ampliamente el estricto terreno del TEPT. Aspectos como la llamada «segunda victimización» o las consecuencias sobre la familia y la estructurasocial próxima a la víctima, por no mencionar las dinámicas sociales que se producen alrededor de los hechos violentos (cuya difusión es inmediata a prácticamente todo el mundo) son aspectos que se comienzan a considerar como relevantes y necesitados de investigaciones específicas. Un buen ejemplo de lo que decimos, entre los publicados en nuestro país, puede encontrarse en el trabajo de Irigoyen 2 sobre el accidente de un autobús escolar en Alton (Texas, EE.UU.) que fue presentado en el Congreso de la WPA, en Madrid.
El presente número monográfico de Archivos de Psiquiatría reúne una serie de trabajos de diverso origen que inci-den sobre aspectos también diversos de estos temas. Algunos son revisiones sobre el estado de la cuestión, otros abordan investigaciones específicas sobre aspectos diagnósticos del TEPT o sobre determinados tipos de víctimas, otros, por último, son reflexiones sobre el papel que se le pide a la medicina y la respuesta que ésta debe dar. Como decimos su origen es distinto: algunos son artículos enviados a la revista para su publicación, otros repro-ducen intervenciones realizadas en la Primera Reunión Internacional sobre Victimología que se celebró en Madrid en 1998. Los editores pensamos que la mezcla ha resultado acertada pero el juicio definitivo, como es lógico, perte-nece siempre al lector.
BIBLIOGRAFÍA
1. Lorenz K. On Agression. Nueva York: Hartcourt; 1966
2. Irigoyen F. La tragedia de Alton: reexaminando el concepto de trastorno por estrés postraumático. Monografías de Psiquiatría 1998; 10: 5-13.
CORRESPONDENCIA
E. BACA
Servicio de Psiquiatría - Clínica Puerta de Hierro
San Martín de Porres, 4, 28035 -Madrid